GRAFOMANÍAS DE RAQUEL MORA

 

Raquel Mora escoge cuidadosamente los títulos de sus exposiciones. En ellos se encuentran depositadas muchas de las claves de su universo creativo. Así, Estrategias del dibujo e Indumentarias del deseo fueron los que la artista madrileña dio a sus dos muestras individuales anteriores, funcionando ambos, a la luz de lo expuesto, como elementos explicativos acerca de las bases de su proyecto. En esta ocasión, el título elegido para su tercera comparecencia individual ha sido Grafomanías, término detrás del cual se esconde la significativa atracción que esta creadora siente por el trazo como elemento plástico a partir del cual construir un mundo tan singular como el suyo.

 

Este se recorta ahora en solitario sobre lienzos de un metro y medio, acrecentando la sensación de despojamiento que ya pudo verse en sus trabajos de 2009. Atrás han quedado los papeles fritos que la artista había empleado en composiciones de 2007; la utilización de técnicas como el collage, que se superponía, siempre de manera elegante, a la planitud de sus representaciones; y el refinado manejo de la acuarela, el acrílico y el pastel como materias que dotaban de un mayor pictoricismo a sus creaciones de aquella época. En este sentido, una sensación de limpieza y contención máximas es lo que preside los trabajos que ahora presenta, los cuales nos informan acerca del proceso de depuración artística por el que ha pasado su autora a lo largo de estos últimos años. Por otro lado, y como resultado también de esta extrema operación de decantación formal, las figuras que protagonizan sus cuadros han ganado en esencialidad, pero sin perder por ello la contundencia en su propia configuración, presentación y diálogo con el espectador que tenían las de épocas anteriores. Es más, en su nitidez y sobriedad, los personajes propuestos parecen conjugar perfectamente cualidades como las de peso y vuelo, fuerza y fragilidad.

 

Son precisamente esas figuras representadas las que, junto a la precisa técnica dibujística, marcan la singularidad del mundo de Raquel Mora. Cada una de sus piezas lleva además un título particular, tomado en ocasiones de ese universo literario que tanto ha marcado a la creadora, y a través del cual se cifra el significado último (muchas veces elusivo para quien las contempla) que tienen estas obras. Este se mueve la mayor parte del tiempo entre lo misterioso y poético, entre lo grave y lo burlesco. En cualquier caso, y reforzada por su desnudez formal, una sensación de vacío e intemporalidad recorre la mayor parte de las composiciones, imbuidas de cierta atmósfera mágica y metafísica. Con esta última conecta directamente esa imagen del maniquí-ser enmascarado-hombre sin atributos, por rescatar el título de la célebre novela de Robert Musil, que se muestra de forma solitaria en alguna de las creaciones, como por ejemplo Molicie, o que aparece acompañando, esta vez a la manera de ambiguos duendes, a los personajes que protagonizan otras, como sucede con La montaña mágica. Ahora bien, frente al significado de alienación y angustia existencial que suele tener este motivo en muchas de las representaciones del arte de vanguardia, en la obra de Raquel Mora el mismo parece albergar una dimensión más alegre, jovial e incluso traviesa. Esta sensación anímica resulta ahora fundamental. De hecho, es la que parece predominar en varias de las composiciones expuestas, en las cuales se aprecia una especie de espíritu burlón, un afán por jugar y, quizá, un deseo por retornar a ciertos paraísos perdidos de la infancia que la creadora lucha por rehabilitar o perpetuar. Una de indios o Gorrión con grupo serían un buen ejemplo de lo que se está diciendo, y también del hecho de que esa dimensión lúdica igualmente se haga evidente en aquellas obras cuyas figuras representadas, lejos de ser anónimas, presentan una vertiente mucho más autorreferencial o están inspiradas directa o indirectamente en personas muy próximas al entorno vital de la creadora.

 

La fusión entre lo real y lo imaginario, entre la vigilia y el sueño y entre el presente y lo evocado son otros aspectos que contribuyen a proyectar la fuerza visual de estas imágenes, que se mueven entre el ruido y el silencio, entre la fácil identificación y el extrañamiento. De este modo, Raquel Mora consigue dar con ellas otro paso más en su coherente investigación acerca de las posibilidades expresivas tan grandes que tiene una técnica aparentemente tan restrictiva como el dibujo, pero que ella consigue expandir y amplificar, y en la creación de un universo iconográfico de cuño propio que penetra poco a poco, pero hasta acabar de instalarse para siempre, en la mirada de un espectador que sin perjudiciales urgencias y de manera sosegada y atenta asiste a la contemplación de estas interesantes creaciones.

 

 

Alfonso Palacio